Cuando Uciel dijo que se iba a Guadalajara yo pensé: ajap. Pero él temió lo peor...no lo dijo pero imagino el terror del que fue preso...
Siempre he cargado con toda un arsenal de cosas preventivas para las situaciones más insospechosas que podría tener la vida de un simple mortal. Desde que iba a la escuela, cargaba con toooodo en mi mochila. Y hasta la universidad, nadie había visto y creo que ni siquiera imaginado todas las cosas que podría tener en mi mochila, ah salvo mis amigos en una ocasión pero cuando llegaron al peine con cepillo y espejo y dijeron ¿Por qué siempre traes peine si nunca te peinas? Y me indigné, terminó la revisión. Tenía entonces una mochila roja, le decía "el caparazón" porque era una pequeña mochila roja que recordaba un caparazón obviamente. Pues un día, Uciel se dio cuenta de que pesaba mucho, yo estaba embarazada y no me permitían cargar NADA. Todos mis compañeros andaban cargando mis cosas siempre, y Uciel empezó cargar por todos lados el caparazón, así que un buen día me dijo que pesaba mucho para las cosas que necesitábamos en la escuela. Eran electrónicos, advierto. Y empezó a sacar las cosas que llevaba. ¿Para qué necesitas una cuchara? ¿Por qué traes tantos cosméticos si no te maquillas? ¿Cuándo usas tantas cosas? ¿Necesitas tanta crema?
Pero me sentía más segura, según yo.
Pues cuando salgo de viaje, suelo ser peor.
Y a Uciel le quiero colgar tanta cosita que sé con seguridad que ni siquiera imaginaría todo lo que lleva...pero no lo permite. Es listo y no se deja. Lleva lo básico: es hombre, me intento convencer a mí misma y sólo termino poniendo una bolsita con lo indispensable y convencida de que encontrará todo lo que me dijo en el hotel, y de que el shampoo que use no le dejará terrible el cabello.
domingo, 7 de marzo de 2010
lunes, 15 de febrero de 2010
De por qué Uciel es el hijo perdido de mi mamá (Post en continua construcción)
Sí, suena bastante raro, pero analizando profundamente las circunstancias, mis hermanos y yo opinamos y creemos fervientemente que Uciel es el hijo perdido de mi mamá; comparten más cosas que nadie je je je...ninguno de nosotros es taaan parecido a ella como él.
Y es su hijo perdido porque:
- Le gusta comer galletas de animalitos súper remojadas en café.
- Se le antojan en algún momento, unos chocorroles fríiiios, fríiiios.
- Tiene la misma nariz aguileña.
- Con ciertos olores fuertes y "feos", le duele la cabeza o se marea...pero son los mismos olores: la rosita fresita de los taxis, el barniz de uñas barato, las lociones con notas amaderadas...
- Le encanta el pozole.
- Le encantan las tlayudas.
- Cuando tiene mucha prisa se le cae la mica de los lentes...y es un chiste verlos intentando volverlo a poner.
...luego anotaré más...
Y es su hijo perdido porque:
- Le gusta comer galletas de animalitos súper remojadas en café.
- Se le antojan en algún momento, unos chocorroles fríiiios, fríiiios.
- Tiene la misma nariz aguileña.
- Con ciertos olores fuertes y "feos", le duele la cabeza o se marea...pero son los mismos olores: la rosita fresita de los taxis, el barniz de uñas barato, las lociones con notas amaderadas...
- Le encanta el pozole.
- Le encantan las tlayudas.
- Cuando tiene mucha prisa se le cae la mica de los lentes...y es un chiste verlos intentando volverlo a poner.
...luego anotaré más...
lunes, 25 de enero de 2010
Del nuevo Guzmán
Mi familia ha aumentado, no, no tengo otro bebé, aunque Dana ya se lo imagine y lo visualice y le busque un nombre tan simple como: bebé, mamá, se va a llamar bebé porque es un bebé. Nop, no tengo todavía otra vez tantas agallas...El nuevo Guzmán es en realidad el primo de Uciel, que se mudó al departamento apenas. Está estudiando..mmhh..no sé, ¿por qué no soy como los demás que preguntan cosas como: ¿Qué estudias??...yo le pregunté ¿Qué no te gusta comer? Y obviamente dijo: Nada. No, yo quería una respuesta honesta, desde el fondo de su corazón. Nada, eso no es honestidad. Para animarlo, le dije: Por ejemplo, si a mi me preguntas qué es lo que no me gusta comer, te diría: sardina...ah...y la coliflor. Entonces confesó: No me gusta la papaya ni la coliflor. También le pregunté cosas más básicas como ¿tomas café? ¿comes picoso? y todas esas preguntas kindergardianas obligatorias...bueno, pues resulta que es muy buena onda, y espero que no se sienta ajeno ni incómodo, yo pienso que es cuestión de tiempo. Quizás ahorita le parezcamos extraños pero verán que en una semana cuando disfrute junto a nosotros la docena de donas gratis que cada mes nos obsequia con su infinita caridad Krispy Kreme se sentirá tan parte de esta familia...a menos que no le gusten las donas Noooooooooooooooooo!!!! ¿Pueden existir personas asi? Después lo veremos.
martes, 19 de enero de 2010
De Cadillacs y Holmes
Ayer fui a recoger un disco de los Fabulosos Cadillacs, me lo gané en una trivia, es el tributo a los FC, y realmente no son mi grupo favorito, pero a Uciel si le gustan asi que realmente participé para regalárselo...pues está bien diría yo, en particular sólo me gustó una canción sobre todas las demás. Veníamos de regreso en el autobús y vimos el anuncio de la película de Sherlock Holmes, le comenté que no la hemos visto y se ve buena. Y un instante después, una chica (adolescente) que venía de pie junto a mì, le dijo a su mamá: ¿Quièn es Sherlock Holmes? y la mamá le respondió: Un loco, drogadicto. La chica dijo: Ah. Y no me boté de la risa porque se supone que no debo escuchar las conversaciones de los demás, pero esta fue inevitable como lo son la mayoría y además discretamente me voltié para ver a Dana y a Uciel y me sonreí con ellos. Obviamente apenas bajé del autobús no pude dejar de reírme...
En estos tiempos ya ni la burla perdonan...
En estos tiempos ya ni la burla perdonan...
martes, 11 de agosto de 2009
De las tristezas profundas
Aunque hace tiempo que he sabido lo que la tristeza genera, una vez màs he entrado en mi depresión. La tristeza arrastra muchas cosas, y como dice Jaime Sabines, lloramos por los que están vivos. Si, cuando yo estoy triste aprovecho para entristecerme por todo lo que no habia podido hacerlo, ya sea por falta de tiempo, porque no lo creí conveniente o porque simplemente no lo era tanto.
Todo empezó por un mal comentario y la verdad, ha desembocado en una inmensa tristeza inagotable.
Recuerdo cuando hace años me describía, y decía siempre que era una chica alegre. Por dentro sabia que era una niña con una tristeza infinita y mal manejada...la tristeza que expresaba cuando lo hacía, no era una tristeza real, no, era ese tipo de tristeza que necesitaba cereal, helado, un cojín lindo y una cartita para sanar. Y nunca saqué la verdadera. La guardaba para mí, porque me parecía algo muy desagradable andar lloriqueando por todos los hombros que me encontrara en el camino.
Luego, alguien dijo que aquello me estaba lastimando, todo coincidía y decidí enmendarlo.
Empecé a tratar de curar mis tristezas, de llorar las penas atrasadas y de sacar toda la basura acumulada.
Pero la verdad es que guardar las tristezas es un vicio para mí, y creo que en el fondo la gente no cambia del todo nunca. Y por muchos intentos que hago, sigo guardando mis tristezas, quizàs ya por menos tiempo, unas semanas solamente en lugar de los años que acostumbraba.
Pero lo sigo haciendo, y no es muy bueno.
Porque después de todo no es tan factible el sistema de llorar varias cosas en conjunto, porque puede caerse en la depresión. Sí, es más cómodo, porque solo se enrojecen una vez los ojos, se arruga una vez el alma, se gastan los pañuelos desechables una sola vez y me da mi alergia solo por un rato.
Pero sigue siendo difícil.
Nadie ha dicho que estar triste está prohibido. Pero nunca me ha gustado estar llorando. Y me conozco, a mi me hacen llorar ciertas palabras: leche, tomate, teléfono, gorra...todo depende del tono en que se digan y la intención que contengan.
Ojalá alguien solo llegara y me diera un abrazo...aunque también me haría llorar...en eso consiste la tristeza.
Todo empezó por un mal comentario y la verdad, ha desembocado en una inmensa tristeza inagotable.
Recuerdo cuando hace años me describía, y decía siempre que era una chica alegre. Por dentro sabia que era una niña con una tristeza infinita y mal manejada...la tristeza que expresaba cuando lo hacía, no era una tristeza real, no, era ese tipo de tristeza que necesitaba cereal, helado, un cojín lindo y una cartita para sanar. Y nunca saqué la verdadera. La guardaba para mí, porque me parecía algo muy desagradable andar lloriqueando por todos los hombros que me encontrara en el camino.
Luego, alguien dijo que aquello me estaba lastimando, todo coincidía y decidí enmendarlo.
Empecé a tratar de curar mis tristezas, de llorar las penas atrasadas y de sacar toda la basura acumulada.
Pero la verdad es que guardar las tristezas es un vicio para mí, y creo que en el fondo la gente no cambia del todo nunca. Y por muchos intentos que hago, sigo guardando mis tristezas, quizàs ya por menos tiempo, unas semanas solamente en lugar de los años que acostumbraba.
Pero lo sigo haciendo, y no es muy bueno.
Porque después de todo no es tan factible el sistema de llorar varias cosas en conjunto, porque puede caerse en la depresión. Sí, es más cómodo, porque solo se enrojecen una vez los ojos, se arruga una vez el alma, se gastan los pañuelos desechables una sola vez y me da mi alergia solo por un rato.
Pero sigue siendo difícil.
Nadie ha dicho que estar triste está prohibido. Pero nunca me ha gustado estar llorando. Y me conozco, a mi me hacen llorar ciertas palabras: leche, tomate, teléfono, gorra...todo depende del tono en que se digan y la intención que contengan.
Ojalá alguien solo llegara y me diera un abrazo...aunque también me haría llorar...en eso consiste la tristeza.
lunes, 1 de junio de 2009
De entre la muerte
Me quedé viendo por la ventanilla, recordaba que hace mucho tiempo la muerte era algo más cercano a mí. Ahora, tiempo después, crecí unos centímetros y mis ideas cambiaron lo suficiente. Ahora de nuevo sentí la muerte cerca de mi vida, no de mí, pero sí de mi vida; porque una persona a la que quiero muchisimo estuvo muy cerca de ella y me dio miedo, dolió algo dentro de mí y estuve muy triste. Entonces recordé cuánto me he olvidado de las personas que me rodean, dejé de escribirles, dejé de decirles cuánto las quiero. Y de entre la muerte, salió un viento frío, susurrante, que me dejaba un halo de tristeza, y pensaba, cuán cerca estamos de la muerte, pero últimamente no me gusta pensar en esto. Me gusta escribir, me gusta leer, pero ya he dejado de pensar en la muerte, porque tengo bastantes cosas por hacer aún...
martes, 12 de mayo de 2009
De maternidad y lecturas
Toda mi vida he leído, aun cuando no sabía leer.
Leía desde que recuerdo, tomaba el periódico y como no sabía leer aún, solo inventaba lo que decía, y lo hacía en voz alta, moviendo la cabeza, como si de verdad leyera. Años después lo repetí, muchos años después, en una clase del bachillerato habían dejado de tarea investigar un concepto, la profesora empezó a preguntar y nadie lo había investigado, nadie podía decir algo sobre el tema, entonces, muy confiada, me señaló pensando en que yo era una chica lo suficientemente aplicada y era su oportunidad quizás para dejarme en mal, pero muy seria, tomé mi libreta, me puse de pie como solía hacerlo al participar en su clase, y empecé a "leer" el concepto, movía la cabeza, pasando cuidadosamente cada línea, sin titubear, y al final por supuesto di mi fuente bibliográfica: el Tomo V de la Enciclopedia Juvenil Grolier, página 998. Jamás lo olvidé. Por supuesto, mi libreta estaba en blanco, nunca me he atrevido a investigar que hay en esa página de la enciclopedia, seguramente porque el tomo V ni siquiera contiene dicho número de página. Pero yo obtuve ese día, dos puntos extras y la fé ciega de mis amigas, que obviamente sabían que yo no llevaba la tarea, porque me la habían pedido minutos antes. Y desde entonces nunca dudaron de mí, pues el concepto había sido tan claro, tan preciso y tan veraz, que nunca nadie dudó de éste.
Pues bien, siempre he leído.
Cuando sólo tenia novio, leí muchas cosas, sola en la biblioteca pasaba horas leyendo novelas, con él leía sobre las materias que llevábamos, de administración, y no sé cuántas cosas más. Leía también poemas de Jaime Sabines.
Cuando me embaracé tuve demasiado tiempo de leer, leía y releía sobre el crecimiento y desarrollo fetal, y desde las primeras cosquillas que sentí en el vientre, leíamos todas las noches en voz alta, alternando un párrafo él y otro yo, Cien años de soledad. Sí, mi hija fue creciendo dentro de mí, escuchando la inagotable imaginación de García Márquez, lo cual es una verdadera delicia en mi opinión.
Cuando nació y pasaba horas enteras durmiendo, yo leía poesías y ensayos, leía a Octavio Paz, también releí cuanto libro encontré en casa de mi madre, y al final, desesperada por no tener nada nuevo, leí pedazos de la Biblia. Historias interesantes, me dije.
Ahora ella tiene dos años, y claro, tiene tantos libros como nos es posible, y ahora le encanta que leamos para ella, cuentos de princesas, de niñas que tienen tres pies, de niños que exploran y aman los animales, cuentos de osos flojos, o libros de Mickey Mouse. Y cuando aún tengo aliento y me permite elegir, me gusta leerle a Jaime Sabines y su recuento de poemas, a Octavio Paz y su piedra de sol, o simplemente lo que escribe su madre, con todo el cariño que tiene dentro de sí.
Siempre he leído y si hay algo que ahora me hace muy feliz (y puede arrancarme incluso las lágrimas) es ver a mi hija inventando que lee sus libros en voz alta con palabras que desconozco o que empieza a pronunciar claramente, mientras estoy en la cocina preparando la comida. Sí, eso es algo que me hace enteramente feliz.
Leía desde que recuerdo, tomaba el periódico y como no sabía leer aún, solo inventaba lo que decía, y lo hacía en voz alta, moviendo la cabeza, como si de verdad leyera. Años después lo repetí, muchos años después, en una clase del bachillerato habían dejado de tarea investigar un concepto, la profesora empezó a preguntar y nadie lo había investigado, nadie podía decir algo sobre el tema, entonces, muy confiada, me señaló pensando en que yo era una chica lo suficientemente aplicada y era su oportunidad quizás para dejarme en mal, pero muy seria, tomé mi libreta, me puse de pie como solía hacerlo al participar en su clase, y empecé a "leer" el concepto, movía la cabeza, pasando cuidadosamente cada línea, sin titubear, y al final por supuesto di mi fuente bibliográfica: el Tomo V de la Enciclopedia Juvenil Grolier, página 998. Jamás lo olvidé. Por supuesto, mi libreta estaba en blanco, nunca me he atrevido a investigar que hay en esa página de la enciclopedia, seguramente porque el tomo V ni siquiera contiene dicho número de página. Pero yo obtuve ese día, dos puntos extras y la fé ciega de mis amigas, que obviamente sabían que yo no llevaba la tarea, porque me la habían pedido minutos antes. Y desde entonces nunca dudaron de mí, pues el concepto había sido tan claro, tan preciso y tan veraz, que nunca nadie dudó de éste.
Pues bien, siempre he leído.
Cuando sólo tenia novio, leí muchas cosas, sola en la biblioteca pasaba horas leyendo novelas, con él leía sobre las materias que llevábamos, de administración, y no sé cuántas cosas más. Leía también poemas de Jaime Sabines.
Cuando me embaracé tuve demasiado tiempo de leer, leía y releía sobre el crecimiento y desarrollo fetal, y desde las primeras cosquillas que sentí en el vientre, leíamos todas las noches en voz alta, alternando un párrafo él y otro yo, Cien años de soledad. Sí, mi hija fue creciendo dentro de mí, escuchando la inagotable imaginación de García Márquez, lo cual es una verdadera delicia en mi opinión.
Cuando nació y pasaba horas enteras durmiendo, yo leía poesías y ensayos, leía a Octavio Paz, también releí cuanto libro encontré en casa de mi madre, y al final, desesperada por no tener nada nuevo, leí pedazos de la Biblia. Historias interesantes, me dije.
Ahora ella tiene dos años, y claro, tiene tantos libros como nos es posible, y ahora le encanta que leamos para ella, cuentos de princesas, de niñas que tienen tres pies, de niños que exploran y aman los animales, cuentos de osos flojos, o libros de Mickey Mouse. Y cuando aún tengo aliento y me permite elegir, me gusta leerle a Jaime Sabines y su recuento de poemas, a Octavio Paz y su piedra de sol, o simplemente lo que escribe su madre, con todo el cariño que tiene dentro de sí.
Siempre he leído y si hay algo que ahora me hace muy feliz (y puede arrancarme incluso las lágrimas) es ver a mi hija inventando que lee sus libros en voz alta con palabras que desconozco o que empieza a pronunciar claramente, mientras estoy en la cocina preparando la comida. Sí, eso es algo que me hace enteramente feliz.
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